Un día gris, en el que lo único que brillaba era la luz que provenía de los tubos de neón del techo. Aún así, era una luz fría que palidecía nuestra piel hasta un tono mortecino. El día pesaba con fuerza sobre mi espalda, al igual que las palabras pronunciadas días anteriores. Y solo eran las 8 de la mañana. Me quedaba por aguantar su presencia casi unas 7 horas. Demasiado largo se pasa el día cuando lo único que ansías es la noche. A esas horas, mi almohada es la única que me comprende. Mi cama pasa a ser mi refugio. Allí guardo las lágrimas que derramo cada noche a causa de alguna "estupidez". En mi lecho se graban los recuerdos que no quiero reproducir en mi mente por el día. Allí se acumulan las emociones y sentimientos que me van desgastando diariamente. Se podría decir que estoy "vacía". O eso me gustaría creer. O quizá eso me gustaría que ocurriera.
Unas 5 horas más tarde, sigo aquí, en este habitáculo abarrotado de hormonas. Entre el alboroto, me escondo en estas líneas. Me encuentro a su lado, pero no difiere mucho la soledad de esta situación. Nos sumimos en las escritura. Él con mis apuntes, yo de mi puño y letra. La gente me habla, asiento y sonrío. Pero es una simple mueca. Toca fingir normalidad. Que un corazón esté roto no significa que los de los demás también.
Parece que ha salido el Sol. Irradia esperanza, ilusión, optimismo. Inservible para la frialdad de este momento. Un bullicio de voces entra por mis oídos, pero lo único que realmente resuena en mi cabeza es: "Hoy puedes ser mi capricho, pero mañana puede ser otra".
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