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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Infierno mental

Ligeia, Morella, Berenice,
musas de Poe,
almas desgraciadas
marcadas por el infortunio,
llevadme donde de la sabiduría
nazca el dolor
y del dolor, el fuego.
Llevadme donde del sentimiento
nazca la muerte
y de la muerte, la nada.
Llevadme donde cielo y tierra
se alinean,
donde la sabiduría y el sentimiento
reinan el infierno de la mente.

martes, 30 de diciembre de 2014

Pensamientos trágicos de un corazón kamikaze

A veces pasa que se está tan destrozado, que se prefiere dar con una persona igual de jodida que tú junto a la que ver la vida tal y como es, a encontrar a alguien que cosa tus pedazos y te pinte un mundo de colores. En el fondo, somos un poquito kamikazes. O realistas.
El dolor es fuerte. Bello. Arbitrario. Inspira. Jode. Te fortalece. O te consume.
Predomina sobre la alegría y lo resaltamos por encima de la felicidad. Los tintes melancólicos que arrastra tras de sí nos devoran el alma y nos atrapan por completo. Nos transporta a un mundo gris, triste, lúgubre, lleno de mierda que nunca llegamos a olvidar. Nos hace añorar aquello que perdimos. Nos sume en la penumbra y nos deja caer en un pozo del que cuesta salir, y que, en algunos casos, no tiene fondo.
Las lágrimas se acumulan en el pecho y las ganas de gritar, en la garganta. Ese nudo que te ahoga te oprime la voluntad y te obliga a permanecer acurrucado en el lado frío de la cama (ese lado que no ocupas esperando que alguien lo caliente).
Qué triste perderse en el llanto y encontrar reconfortable el silencio cuando lo único que se desea es escupir el fuego que quema por dentro.
Pero qué bello identificarse en el dolor de otra persona. En las letras de un cantautor, en los cuadros de un artista, en los libros, e incluso en las películas. Qué común identificarse en los sentimientos de un desconocido. Qué especial verse reflejado en la lágrima de un igual y sentir que libera aquel peso que soportas en la espalda.
Vendavales de levante, brisas del poniente, frías borrascas, huracanes, tormentas. ¿Qué más da? El témpano de hielo en el que se convierte tu corazón no se derrite ni calentándolo bajo el sol del Sahara. Supongo que a veces solo se necesita otro corazón igual de incomprendido, igual de roto, que funda ese iceberg que te hunde como al Titanic. Quizás Rose debió entregarse al Atlántico junto a Jack, dando por perdida la batalla contra el frío; o quizás debió darle cobijo para resurgir juntos y derretir el hielo que les estaba matando.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Mazapanes de realidad

Frío. Luces de colores. Árboles con adornos. Mantecados. Calles repletas de gente. Regalos. Villancicos. Ilusión. Llámalo Navidad, llámalo consumismo.
La Navidad embellece a las ciudades, y más a la mía, pues precisamente no es de las más bonitas que he visto.
Adoro salir a la calle y que el ambiente navideño me invada con el olor a dulces recién hechos, el agobio de entrar a las tiendas invadidas por compradores indecisos entre un regalo u otro, los músicos callejeros interpretando villancicos tradicionales y el frío congelando mis mejillas sonrojadas.
Pero el alma de esta fiesta se fue hace cuatro años, y desde entonces, nada es igual. Mi abuelo era sinónimo de belén, pastorcillos, campanilleros, zambombas y panderetas. Parecía que llevara todo el año preparando la Nochebuena. Qué Navidades tan maravillosas aquellas en las que llegaba a la casa de mis abuelos y todos los cuadros estaban decorados con luces de colores, las escaleras adornadas de guirnaldas y un árbol que resplandecía al son de la iluminación del belén. La alegría de celebrar la Navidad se fue contigo, y no volverá.
Pero la ilusión no solo se fue contigo. También se la llevaron los años. Papá Noel, los Reyes Magos. ¿Qué sentido tienen para mí? La motivación de portarse bien, de escribir la lista de regalos, de señalar todos los juguetes del catálogo... Todo eso se acabó. Ahora me encargo de elegir mis regalos, de regalar, e incluso ayudo a comprar regalos.
¿Qué es la Navidad sin la magia de dejarle leche y mantecados a Papá Noel y los Reyes Magos y acostarse temprano para al día siguiente ir corriendo al cuarto de tus padres y despertarles diciendo que los regalos ya están ahí?
Supongo que la Navidad tiene una edad límite, y yo la superé hace unos años...

domingo, 28 de diciembre de 2014

"Disintegration"

Escuchando la voz de Robert Smith, mi cuarto se envuelve de la atmósfera melancólica de The Cure. En mi paladar aún saboreo el último chicle que masqué mientras libero el frío aliento de menta capaz de congelar un alma. Siento el gélido frío azotar mi piel con dureza, agrietándola y resquebrajándola como si de una delicada pista de hielo se tratara. Bajo el amparo de unas recias sábanas, mis ojos quedan cegados por la oscuridad y Robert Smith me quita la voz con sus canciones que me roban la vida a través de su post punk de los setenta tardíos con A forest y me la devuelven con los rayos de amor de Just like Heaven, y así, como la malograda protagonista de un relato de Poe, me consumo por el poder de mi mente, que se debilita por la locura y la tragedia.
Este fascinante espectáculo se repite cada triste tarde de diciembre.
Sí, a esto lo llamo yo invierno.