sábado, 25 de enero de 2014
viernes, 24 de enero de 2014
Azul
Me solía perder en sus ojos azules. Perderme hasta volver a encontrarme frente a su mirada de hielo. Hasta que ese hielo se derritió convirtiendo aquellos ojos azules en un mar incierto, bravo y devastador. Pequeñas gotas me iban salpicando, grandes olas iban azotándome. Aturdida por el impacto del oleaje, hechizada por la profundidad de esas aguas, me dejé arrastrar por la marea. Me dejé llevar por el canto de mi sirena, y ya nada ni nadie podía evitar que me hundiera en sus ojos.
domingo, 19 de enero de 2014
"Here she comes"
Hacía mucho tiempo que no sabía de ella. Recuerdo que la última vez que pude contemplar su extraña belleza aún se lucía desnuda por cualquier lugar sin importarle lo que la gente pudiera pensar de ella. Solía hacer lo que le daba la gana, cualquier locura que se le ocurriera la decía sin temor. Era un tanto indiscreta a veces, quizás demasiado soñadora otras veces. Le encantaba provocar diferentes reacciones en las personas (y si la provocación estaba entre esas reacciones bienvenida era).
Lo que más me gustaba de ella es que era diferente. No era como las demás, o al menos eso pienso yo. Para mí era única. Sensacional. A veces no podía dejar de mirarla. Rozaba la perfección en mis momentos de éxtasis. Más tarde, volvía a ser la de antes, una más. Debo reconocer que me cegaba su singular belleza y me creaba un estado de dependencia a ella que no podía evitar. La quería conmigo a todas horas, pero prefería continuar a su libre albedrío.
A veces pienso que me engañaba con otros o con otras. Que se había cansado de mí, que ella realmente nunca me había necesitado. O al menos no tanto como yo a ella. Ella lo único que necesitaba era su libertad. Lo demás poco le importaba. Pero si de algo estoy segura, es de que juntas éramos implacables. Podíamos conseguir lo que nos propusiéramos. Creamos otro concepto de amor, el nuestro era diferente. Todo lo relacionado con nosotras era diferente, o eso me gustaba pensar.
Nuestras noches de música acababan con las sábanas revueltas y nosotras yaciendo juntas. Cuando la miraba, todo era posible. Cualquier cosa podía pasar. Nos gustaba volar alto, perdernos entre las nubes. Alguna vez tocamos las estrellas. De la mano, abrazadas, o como fuera, mientras ella estuviera cerca de mí, ni las tempestades ni los huracanes podían derribarnos.
Hasta que un día, se fue. Se había largado, me había abandonado, dejándome perdida y sin saber qué hacer. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Desde ese día, la música era mi única compañía. A todas partes iba escuchando música. Cualquier canción me recordaba a ella.
La busqué por mucho tiempo, y cuando al fin creía haberla visualizado, solo era un espejismo. Y me dolió haberla perdido. ¿Qué iba a ser yo sin ella?
El tiempo pasaba, y yo ya me había acostumbrado a su ausencia. Me había hecho a la idea de que no volvería. Probablemente me había sustituido por otra persona. Mientras, yo me refugiaba en mi solitaria cama. No había nadie que fuera digno de conocer mis pensamientos. Solo mi almohada me servía para secar las pocas lágrimas que se me escapaban algunas noches. Realmente necesitaba expresar mis sentimientos, pero, ¿cómo?
Hoy, al levantarme, miré por la ventana y comprobé que llovía mientras el sol lucía esplendoroso. Salí a la calle, necesitaba sentir esa fina lluvia. Mientras las gotas recorrían mi cara, pude sentirla. Sí, a ella. Estaba cerca, había vuelto. No la veía, pero podía notarla en cada rincón de mi mente, en cada cavidad de mi corazón. Era ella, sin lugar a dudas. Estaba llegando. Mi inspiración andaba buscándome de nuevo.
sábado, 18 de enero de 2014
Esa no era yo
Mis labios llevaban mucho tiempo agrietados por el frío. Sabían amargos, inapetecibles. El invierno se había llevado cualquier vestigio de calidez en ellos y cortaban al más mínimo roce. Mis sonrisas se volvían sangrientas y espantaba a cualquiera que intentara verme fingir felicidad.
Las palabras que salían de entre mis labios eran secas y cortantes, frías como el hielo. Supongo que mi sangre se había congelado. El brillo de mis ojos se había desvanecido. No recuerdo que mis ojos fueran tan oscuros. Eran como si se hubieran apagado, como si no les quedara vida. Me limitaba a ver. Ver para no caerme. No me interesaba mirar el cielo en sus mejores días, completamente azul y despejado. Ni siquiera me apetecía desnudar con la mirada a algún amor perdido por estas calles. Solo quería cerrar los ojos, para que no me escocieran por la luz. Cerrarlos, apretarlos, intentar que se fundieran mis párpados, que mis pestañas se entrelazaran y nunca más volver a abrirlos.
Quería alcanzar un sueño profundo, para divagar eternamente por los recovecos de mi mente y perderme por cada pasaje de mis años vividos. No me interesaba el mundo físico. La realidad me estaba ahogando, y no precisamente por esos momentos que te dejan sin aire. Me estaba poniendo la soga al cuello y cada vez apretaba más, cada vez la cuerda se encontraba más en tensión. La silla estaba a punto de caerse; el vaso a punto de desbordarse. Realmente tenía miedo de que la silla se cayera, de que mi voz se fuera en un grito ahogado. No quería eso, no lo quería. Simplemente quería aflojarme el nudo de la garganta, pero las lágrimas no salían. Sencillamente, no había lágrimas, se habían congelado. El frío se había apoderado de mi ser. Ni un rastro de calor humano. Mis mejillas, normalmente sonrojadas, habían perdido su color y mi piel morena palidecía por momentos. Me estaba resquebrajando y no me daba cuenta de ello.
Esa no era yo. Era el fantasma de mi pasado que se había aferrado con tanta fuerza a mí que ante mi estado de implacable debilidad no era capaz de responder. Mi cuerpo necesitaba un impulso, pedía a gritos ayuda, pero nadie escuchaba los gritos porque nunca llegaban a salir de mis pulmones. Y de pronto, un ligero viento de poniente comenzó a soplar. Lo recibí casi sin fuerzas, pero con esperanza. Solo quería derretir la escarcha punzante que me arañaba por dentro. Quería sentir calor. Quería sudar. Quería acabar con mi propio invierno. Ese invierno que se había convertido en mi infierno particular. Irónico, ¿eh? Pues de la nieve al fuego aún quedaba para rato, pero no desesperaba. Había pasado demasiado tiempo en esa cueva helada. No tenía prisa, me era muy agradable el cambio.
Podía notar como mi sangre volvía a fluir, como llegaba a cada rincón de mi cuerpo, como se concentraba en mis mejillas, que volvían a lucir sonrojadas como antes. Mi piel volvía a tomar su moreno propio del sur y empezaba a desprender calor. El brillo de mis ojos volvía a nacer y las lágrimas congeladas al fin fueron derramadas. Eran lágrimas de alegría. Y no pudiendo aguantar más el mutismo en el que me había sumido, grité. Grité de felicidad. Me reí como jamás me había reído y sonreí. Mis labios ya no sangraban, habían abandonado ese aspecto mortecino. Volvían a ser mis labios. Volvía a ser mi sonrisa. Volvía a ser yo.
Y un beso suyo bastó para sanarme.
Las palabras que salían de entre mis labios eran secas y cortantes, frías como el hielo. Supongo que mi sangre se había congelado. El brillo de mis ojos se había desvanecido. No recuerdo que mis ojos fueran tan oscuros. Eran como si se hubieran apagado, como si no les quedara vida. Me limitaba a ver. Ver para no caerme. No me interesaba mirar el cielo en sus mejores días, completamente azul y despejado. Ni siquiera me apetecía desnudar con la mirada a algún amor perdido por estas calles. Solo quería cerrar los ojos, para que no me escocieran por la luz. Cerrarlos, apretarlos, intentar que se fundieran mis párpados, que mis pestañas se entrelazaran y nunca más volver a abrirlos.
Quería alcanzar un sueño profundo, para divagar eternamente por los recovecos de mi mente y perderme por cada pasaje de mis años vividos. No me interesaba el mundo físico. La realidad me estaba ahogando, y no precisamente por esos momentos que te dejan sin aire. Me estaba poniendo la soga al cuello y cada vez apretaba más, cada vez la cuerda se encontraba más en tensión. La silla estaba a punto de caerse; el vaso a punto de desbordarse. Realmente tenía miedo de que la silla se cayera, de que mi voz se fuera en un grito ahogado. No quería eso, no lo quería. Simplemente quería aflojarme el nudo de la garganta, pero las lágrimas no salían. Sencillamente, no había lágrimas, se habían congelado. El frío se había apoderado de mi ser. Ni un rastro de calor humano. Mis mejillas, normalmente sonrojadas, habían perdido su color y mi piel morena palidecía por momentos. Me estaba resquebrajando y no me daba cuenta de ello.
Esa no era yo. Era el fantasma de mi pasado que se había aferrado con tanta fuerza a mí que ante mi estado de implacable debilidad no era capaz de responder. Mi cuerpo necesitaba un impulso, pedía a gritos ayuda, pero nadie escuchaba los gritos porque nunca llegaban a salir de mis pulmones. Y de pronto, un ligero viento de poniente comenzó a soplar. Lo recibí casi sin fuerzas, pero con esperanza. Solo quería derretir la escarcha punzante que me arañaba por dentro. Quería sentir calor. Quería sudar. Quería acabar con mi propio invierno. Ese invierno que se había convertido en mi infierno particular. Irónico, ¿eh? Pues de la nieve al fuego aún quedaba para rato, pero no desesperaba. Había pasado demasiado tiempo en esa cueva helada. No tenía prisa, me era muy agradable el cambio.
Podía notar como mi sangre volvía a fluir, como llegaba a cada rincón de mi cuerpo, como se concentraba en mis mejillas, que volvían a lucir sonrojadas como antes. Mi piel volvía a tomar su moreno propio del sur y empezaba a desprender calor. El brillo de mis ojos volvía a nacer y las lágrimas congeladas al fin fueron derramadas. Eran lágrimas de alegría. Y no pudiendo aguantar más el mutismo en el que me había sumido, grité. Grité de felicidad. Me reí como jamás me había reído y sonreí. Mis labios ya no sangraban, habían abandonado ese aspecto mortecino. Volvían a ser mis labios. Volvía a ser mi sonrisa. Volvía a ser yo.
Y un beso suyo bastó para sanarme.
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