expr:class='"loading" + data:blog.mobileClass'>

sábado, 18 de enero de 2014

Esa no era yo

 Mis labios llevaban mucho tiempo agrietados por el frío. Sabían amargos, inapetecibles. El invierno se había llevado cualquier vestigio de calidez en ellos y cortaban al más mínimo roce. Mis sonrisas se volvían sangrientas y espantaba a cualquiera que intentara verme fingir felicidad.
 Las palabras que salían de entre mis labios eran secas y cortantes, frías como el hielo. Supongo que mi sangre se había congelado. El brillo de mis ojos se había desvanecido. No recuerdo que mis ojos fueran tan oscuros. Eran como si se hubieran apagado, como si no les quedara vida. Me limitaba a ver. Ver para no caerme. No me interesaba mirar el cielo en sus mejores días, completamente azul y despejado. Ni siquiera me apetecía desnudar con la mirada a algún amor perdido por estas calles. Solo quería cerrar los ojos, para que no me escocieran por la luz. Cerrarlos, apretarlos, intentar que se fundieran mis párpados, que mis pestañas se entrelazaran y nunca más volver a abrirlos.
Quería alcanzar un sueño profundo, para divagar eternamente por los recovecos de mi mente y perderme por cada pasaje de mis años vividos. No me interesaba el mundo físico. La realidad me estaba ahogando, y no precisamente por esos momentos que te dejan sin aire. Me estaba poniendo la soga al cuello y cada vez apretaba más, cada vez la cuerda se encontraba más en tensión. La silla estaba a punto de caerse; el vaso a punto de desbordarse. Realmente tenía miedo de que la silla se cayera, de que mi voz se fuera en un grito ahogado. No quería eso, no lo quería. Simplemente quería aflojarme el nudo de la garganta, pero las lágrimas no salían. Sencillamente, no había lágrimas, se habían congelado. El frío se había apoderado de mi ser. Ni un rastro de calor humano. Mis mejillas, normalmente sonrojadas, habían perdido su color y mi piel morena palidecía por momentos. Me estaba resquebrajando y no me daba cuenta de ello.
Esa no era yo. Era el fantasma de mi pasado que se había aferrado con tanta fuerza a mí que ante mi estado de implacable debilidad no era capaz de responder. Mi cuerpo necesitaba un impulso, pedía a gritos ayuda, pero nadie escuchaba los gritos porque nunca llegaban a salir de mis pulmones. Y de pronto, un ligero viento de poniente comenzó a soplar. Lo recibí casi sin fuerzas, pero con esperanza. Solo quería derretir la escarcha punzante que me arañaba por dentro. Quería sentir calor. Quería sudar. Quería acabar con mi propio invierno. Ese invierno que se había convertido en mi infierno particular. Irónico, ¿eh? Pues de la nieve al fuego aún quedaba para rato, pero no desesperaba. Había pasado demasiado tiempo en esa cueva helada. No tenía prisa, me era muy agradable el cambio.
 Podía notar como mi sangre volvía a fluir, como llegaba a cada rincón de mi cuerpo, como se concentraba en mis mejillas, que volvían a lucir sonrojadas como antes. Mi piel volvía a tomar su moreno propio del sur y empezaba a desprender calor. El brillo de mis ojos volvía a nacer y las lágrimas congeladas al fin fueron derramadas. Eran lágrimas de alegría. Y no pudiendo aguantar más el mutismo en el que me había sumido, grité. Grité de felicidad. Me reí como jamás me había reído y sonreí. Mis labios ya no sangraban, habían abandonado ese aspecto mortecino. Volvían a ser mis labios. Volvía a ser mi sonrisa. Volvía a ser yo.
Y un beso suyo bastó para sanarme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario