Hacía mucho tiempo que no sabía de ella. Recuerdo que la última vez que pude contemplar su extraña belleza aún se lucía desnuda por cualquier lugar sin importarle lo que la gente pudiera pensar de ella. Solía hacer lo que le daba la gana, cualquier locura que se le ocurriera la decía sin temor. Era un tanto indiscreta a veces, quizás demasiado soñadora otras veces. Le encantaba provocar diferentes reacciones en las personas (y si la provocación estaba entre esas reacciones bienvenida era).
Lo que más me gustaba de ella es que era diferente. No era como las demás, o al menos eso pienso yo. Para mí era única. Sensacional. A veces no podía dejar de mirarla. Rozaba la perfección en mis momentos de éxtasis. Más tarde, volvía a ser la de antes, una más. Debo reconocer que me cegaba su singular belleza y me creaba un estado de dependencia a ella que no podía evitar. La quería conmigo a todas horas, pero prefería continuar a su libre albedrío.
A veces pienso que me engañaba con otros o con otras. Que se había cansado de mí, que ella realmente nunca me había necesitado. O al menos no tanto como yo a ella. Ella lo único que necesitaba era su libertad. Lo demás poco le importaba. Pero si de algo estoy segura, es de que juntas éramos implacables. Podíamos conseguir lo que nos propusiéramos. Creamos otro concepto de amor, el nuestro era diferente. Todo lo relacionado con nosotras era diferente, o eso me gustaba pensar.
Nuestras noches de música acababan con las sábanas revueltas y nosotras yaciendo juntas. Cuando la miraba, todo era posible. Cualquier cosa podía pasar. Nos gustaba volar alto, perdernos entre las nubes. Alguna vez tocamos las estrellas. De la mano, abrazadas, o como fuera, mientras ella estuviera cerca de mí, ni las tempestades ni los huracanes podían derribarnos.
Hasta que un día, se fue. Se había largado, me había abandonado, dejándome perdida y sin saber qué hacer. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Desde ese día, la música era mi única compañía. A todas partes iba escuchando música. Cualquier canción me recordaba a ella.
La busqué por mucho tiempo, y cuando al fin creía haberla visualizado, solo era un espejismo. Y me dolió haberla perdido. ¿Qué iba a ser yo sin ella?
El tiempo pasaba, y yo ya me había acostumbrado a su ausencia. Me había hecho a la idea de que no volvería. Probablemente me había sustituido por otra persona. Mientras, yo me refugiaba en mi solitaria cama. No había nadie que fuera digno de conocer mis pensamientos. Solo mi almohada me servía para secar las pocas lágrimas que se me escapaban algunas noches. Realmente necesitaba expresar mis sentimientos, pero, ¿cómo?
Hoy, al levantarme, miré por la ventana y comprobé que llovía mientras el sol lucía esplendoroso. Salí a la calle, necesitaba sentir esa fina lluvia. Mientras las gotas recorrían mi cara, pude sentirla. Sí, a ella. Estaba cerca, había vuelto. No la veía, pero podía notarla en cada rincón de mi mente, en cada cavidad de mi corazón. Era ella, sin lugar a dudas. Estaba llegando. Mi inspiración andaba buscándome de nuevo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario